MUVIM de Valencia: Hormigón Ilustrado.
Desde principios de Julio de este año se puede visitar en Valencia un museo más de la amplia red (Xarxa Museus), que desde hace tiempo vienen tejiendo en la Comunidad Valenciana, la Generalitat, Diputación y Ayuntamientos. Con el Museo de la Ilustración de Valencia (MUVI), la ciudad mediterránea continúa pujando por una mayor atención en el panorama cultural contemporáneo en lo que a arquitectura se refiere, frente a alternativas más consolidadas.
Guillermo Vázquez ha dirigido la construcción de la obra, vencedora en un concurso celebrado en 1997 y cuya autoría compartió con los arquitectos Pedro Díaz e Iñigo Casero. En las bases de dicha competición además del programa museístico, era obligatorio ceñirse al perímetro del solar, situado en una zona periférica del centro histórico de Valencia. El lugar de la ciudad que albergaría el MUVI era una manzana limitada por una ronda urbana, una calle que alimentaba de coches a la anterior y un espacio sin forma regular y muy amplio en el que existió hasta su demolición el que era el Hospital de los Pobres Inocentes, pieza que formaba parte de un interesante conjunto arquitectónico.
Aprovecharé esta obra para explicarle a los escépticos sobre la naturaleza de la arquitectura, que son muchos y obstinados, qué significa hacer Ciudad y por extensión, hacer Arquitectura.
Hacer Ciudad
Con este material nace el MUVI a modo de taracea. La complejidad del encargo se amplía con lo vasto del programa que incorporaba lidiar con la preexistencia material de otras arquitecturas y otros tiempos, sin olvidar la azarosa consolidación urbana que poseía la zona. A esto se le añade la agnosis secular (ceguera psíquica) de las ordenanzas urbanísticas, que inflexibles tatúan el perímetro de lo que habría de ser el edificio, convencidas de ser ese el único y verdadero destino posible: una forma.
Es en este momento en el que algunos rasgos biográficos de la obra de Guillermo Vázquez son invocados. Es obvio que para él la arquitectura es entendida como un fenómeno artificial adherido inevitablemente a lo urbano, complejo en sus fundamentos y herramientas, definitorio en su compromiso con la construcción de nuestro medio físico y aglutinante de oficios, voces y visiones muy diversas. Por ello defino el MUVI como taracea atenta a reclamos urbanísticos, sociológicos, programáticos, estéticos, constructivos, antropológicos, políticos, históricos e incluso arqueológicos, que hablan de un arrojo destacable a la hora de enfrentarse a la complejidad del palimpsesto de disciplinas que hay tras un encargo de esta envergadura . A esto los arquitectos lo llamamos Hacer Ciudad.
Hacer Arquitectura
Tuve la ocasión de ver la maqueta del proyecto en el propio vestíbulo del museo, otra joya más del taller de Jorge Vázquez: un bloque macizo de aluminio sin pulir, con la forma que las ordenanzas urbanísticas dictaron, situado sobre una base hueca hexaédrica de acero, de superficie aproximada (en sus caras mayores) a la del periódico que tiene en sus manos. En esta base había dos perforaciones rectangulares que dejaban ver el interior del cubo de acero. Nada más.
La forma del edificio responde primero a la conversión en muro perimétrico del edificio de los límites del solar, rompiendo transversalmente en la cota del suelo dicho muro y dejando en esta ausencia el puente y gran vuelo que inventa otra calle para la ciudad. Dos rectángulos, uno más alargado que otro con un pequeño esviaje relativo, albergan el contenido permanente y el programa administrativo, cohesionados ambos por el gran vestíbulo de entrada y agrupados los tres en una forma sinuosa. El programa permanente es organizado como un descenso hermético, sin luz y en zigzag, de inclinación leve y continua desarrollado en la parte más alargada del museo. El programa temporal por el contrario usa la luz natural como argumento casi único. Los agujeros que les describí en el acero de la maqueta son los huecos lucívoros que llevarán hasta el sótano la caricia al rudo hormigón y la luz que convertirá el objeto expuesto en alimento para nuestra retina.
Podríamos hablar de un edificio hierático (si los edificios pudieran serlo) que dialoga no obstante (si los edificios pudieran hacerlo) con la ciudad dual de un ensanche necesario y una trama urbana azarosa y heredada. Así, antes que repetición descabezada del elemento de composición arquitectónico, antes que la multiplicación hasta el infinito de una caja dentro de otra caja, antes que una epifanía semántica, Guillermo Vázquez en esta obra opta por una actitud iconoclasta en la que ya no hay cosas que significan otras: las puertas no sólo no lo parecen sino que no se ven, parte de Museo es una calle, y parte de la calle es el Museo, lo que se antoja ventana es pared y lo que es pared tan sólo forma parte de un gran caparazón que encierra un edificio, y lo que parece un edificio en tan sólo un trozo de ciudad, ¿se puede pedir menos?. A Esto los arquitectos lo llamamos Hacer Arquitectura.
Coda
La manía de entender todo como un lenguaje fue antes una experiencia popular americana que una moda intelectual europea: lenguaje del tiempo, lenguaje de la conducta, gestual, espacial, formal e incluso un lenguaje del trato social además del lenguaje fático de Malinowski, o el antropomórfico de Zevi. No me interesa tanto su formulación teórica o académica como la difusa pero extensa conciencia pública que de ellos se tiene, no sólo en la esfera cotidiana de una psicología de masas sino en el oficio que nos ocupa: la arquitectura.
Estoy convencido de que sobre arquitectura hay muy poco que decir, que este poco es difícil decirlo y además las formas de hacerlo son limitadas. Los niños son filósofos porque se hacen siempre la misma pregunta al enfrentarse a algo nuevo, la pregunta esencial: ¿Qué es esto?, y se acercan y lo tocan, pesan, golpean y miran hasta hacerse su propia definición de “eso” que antes no sabían lo que eran. Algo así debería ocurrir con la arquitectura, que nos obligara una y otra vez a hacernos la pregunta esencial y luego sin aire, exhaustos de sentir, ilusionados, corriésemos a contar a otros nuestro “eso”.












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